Su pelo.-

Al inicio de su edad madura, todavía se miraba al espejo y se veía atractiva. Más atractiva incluso que a sus dieciocho años. Claro que en aquel momento la idea que tenía de si misma y de sus dones naturales era muy inconsciente y descuidada. Nada que ver con sus cincuenta y pico, donde la vida y su bagaje le habían dado ya muchas más pistas.

Si hubiera que confesar algo, confesaría que, a través de sus ojos, jamás se había visto como una mujer guapa, ni siquiera atractiva sino, más bien, una más del montón. Hoy no le quedaba otro remedio que ante si misma, y basándose en la imagen que le devolvía el espejo, entresacar las cualidades que objetivamente veía y valorarlas, para sí, y para hacerlas valer ante quién fuese.

Y su imagen captaba su atención al ser reflejada por el espejo, más que por sus encantos, ya conocidos, por el nuevo cambio que en su pelo, había empezado a tomar posiciones.

Siempre había tenido un buen pelo, objeto de admiración para algunas, y de comentarios para los ya innumerables peluqueros que aquí o allá, le habían peinado, cortado o teñido.

Las modas habían tenido que ver, pero también ( y sobre todo), la idea de no dañar más su cabello con amoniacos agresivos, secadores y planchas cada semana y también facturas elevadas, que ahora ya había decidido que no deseaba asumir.

Ir a la peluquería no le gustaba, le incomodaba profundamente estar sentada durante un largo rato, esperado que los productos hicieran efecto, y luego que la peluquera o peluquero, hicieran su trabajo. Incluso, aunque a la salida del local se viera más arreglada y guapa, no le compensaba. La sensación de agobio e inquietud, lo superaba.

Y fue aquel verano después del día de su santo-cumpleaños, cuando decidió no ir más a la peluquería a teñirse el pelo. Ya llevaba casi dos meses sin ir, y la verdad es que las raíces hacían acto de presencia, mostrando en su plenitud, y con pocas cortapisas y disimulos, sus cabellos blancos y canosos, que con el peinado adecuado, hacían, por novedosa y atrevida, atractiva su imagen ante el espejo. Esa era su novedad.

Al principio, fueron semanas de intensa vergüenza al mostrarse en público. El uso de pañuelos o cintas de pelo era habitual en ella. Prácticamente eludió el contacto social, por evitar mostrarse en público de aquella manera, que sería interpretada, sin duda, como falta de cuidado personal, por el contraste tan fuerte que suponía su color natural de pelo canoso actual y su pelo moreno, tal como había sido siempre, disimulando la evolución hacia blanco de su pelo a lo largo de los años.

Aguantaba, a pesar de que su carácter presumido, y ello le hacía tambalear los cimientos de su decisión. Ayer, sin ir más lejos, estuvo a punto de comprar tinte para arreglar esas canas. Una respuesta airada de su madre, a su solicitud de ayuda, le hicieron reafirmarse en su decisión. Y no se arrepintió. El resto del día se vió mona ante el espejo, a pesar que su peinado hacía muy evidentes sus raíces de casi tres centimétros.

Ya dudaba, si cortarse el pelo corto, corto, para que ya creciese según su nuevo color, o dejar crecer las raíces hasta poder hacer un corte de pelo algo más elaborado. Lo que le asustaba, el gran contraste que había entre los restos de su antiguo color artificial y el nuevo crecimiento canoso del cabello, y la sensación de falta de cuidado, que no de higiene, de su imagen, ya no sólo en familia, sino también socialmente.

Pero la decisión estaba tomada y había decidido ser consecuente. Le quedaba por delante un otoño-invierno casi de confinamiento, en el campo, donde usar gorros y boinas era, aparte de necesario y común, un buen motivo para ocultar su creciente cabellera blanca, evitando comentarios que no siempre le apetecía responder.

Estaba deseando que la primavera llegase y con ella un corte de pelo donde sanear su melena para así, completar el cambio.

Ágata Piernas

16/09/2020