EL VALLE DE LOZOYA

Si caminar por la naturaleza es siempre un placer, hacerlo con nuestras mascotas, lo es aún más. Si el calor de Madrid rompe los esquemas de las más altas temperaturas desde que se tienen registros, estar en la sierra dónde son más  suaves y llevaderas, es un ingrediente para que la jornada resulte de lo más agradable. Si la compañía es extraordinaria, la mañana de domingo se puede convertir en todo un lujazo. Y si encima el guía es experto y comprometido con su trabajo y hace que el diseño de la ruta y sus variaciones, se ajusten a la dinámica del grupo y sus mascotas, el transitar por sendas y laderas, una actividad privilegiada.

Atrás quedan los pequeños, pero intensos esfuerzos que lleva aparejada cada ruta. Las sombras de los innumerables pinos y el agua de los riachuelos que abastecen al Lozoya hicieron que nuestra actividad física quedase muy suavizada.

Explicaciones sobre algunos de los paisajes más destacados, desde las cimas de las colinas, como la Bola del Mundo, pozas increíbles para refrescarnos y refrescarles, como la de Socrátes, nuestra primera parada en el camino que resultó de ensueño. Pequeñas cascadas de los torrentes que nos encontramos que hicieron la delicia, a modo de ducha, de nuestros perretes. Lugar apartado y fresco, con musgos y rocas simulando ser improvisados bancos, al lado de un riachuelo, con poza incluída que algún humano, y no menciono a nadie, aprovechó para sumergirse y competir con los peludos por quién se refrescaba mejor. Ese fue el idílico lugar de nuestro almuerzo ligero.

Cigarrito para los fumadores después de comer, apagado perfectamente y sin dejar restos de colillas, un poco de charleta, poca, y alguna visita al arbusto-baño para continuar ruta más aliviado, con la advertencia de nuestro guía Ángel que la parte más dura estaba por llegar. Toda una ascensión en zig-zag por la ladera, hasta llegar al punto de origen.

Me encantó la estrategia del guía de sugestionarnos sobre la dureza del resto de la ruta. Eso ejerció, al menos en mí, una motivación extra que hizo que el ascenso, fuera muy, pero que muy llevadero. No quiero decir que subiera como una moto, pero fue una ascensión a ritmo, con alguna pausa para hidratar, muy cómoda y corta. Muy buena impresión saqué de  la parte difícil.

Después del ascenso, desembocamos en un maravilloso valle, verde y sin más vegetación que la hierba alta que lo tapizaba, para encaminarnos, tras un repecho, al punto de origen.

Maravillosa ruta, excelente compañía y mejor dirección, hicieron que la mañana del día más caluroso de todos los tiempos, mereciera mucho la pena. Los temerosos del calor y del esfuerzo que se quedaron en casa, no pudieron disfrutar la ruta por sus miedos y prejuicios. Tal vez esta pequeña crónica les ayude a recapacitar para la próxima.

Con cariño,

Ágata Piernas

18/6/2017

LA BARRANCA.-

Muy cerca de Navacerrada, el grupo de Trips&dogs, nos dimos nuevamente cita para iniciar un domingo más de aventura. Éramos pocos pero bien avenidos y para dar más consistencia al grupo nuestra nueva guía, Aída, hizo que estuviéramos, mejor coordinados si cabe.

Pertrechados para lo ocasión, con agua abundante por lo que pudiera pasar y convenientemente protegidos frente al sol, comenzamos a andar, junto con otros grupos, en el parking habilitado en las cercanías del Parque Natural.

En la pista forestal donde comenzaba la ruta, todos escuchamos atentamente las explicaciones de por dónde discurriría, lo que nos proporcionó suficiente información como para elegir lo mejor para nosotros y nuestros peludos.

Hay que recordar que el día anterior a nuestra excursión, se habían alcanzado en Madrid los 38ºC, por lo que, dado que las previsiones para el domingo no eran más halagüeñas, el día prometía ser más que caluroso. Por eso, ante el primer sofoco, decidimos parar al lado del riachuelo que discurría paralelo a la pista, para, de común acuerdo, y después de las aclaratorias indicaciones de nuestra guía, comenzar una ruta improvisada por sendas marcadas, sí, pero con sombra para nosotros y los perros y agua corriente para remojarse, ocasión que no desaprovecharon y muy alejados de la senda original que nos resultó árida y seca.

Subiendo resguardados a la sombra de un pinar, por donde nos encontramos algún que otro transeúnte, finalizamos la ascensión en una zona de piornos, que algunos siguieron hasta el final y otros, los más tranquilos, nos resguardamos a la sombra a la espera de los compañeros más avezados.

Nuestra comida, en un lugar con encanto que nos localizó Aída, una poza que formaba el riachuelo, dónde disfrutamos de nuestras provisiones. Nuestros perretes se zambulleron en la poza, para así poder continuar frescos la ruta, que igualmente discurrió por la sombra más tranquilamente.

Como casi siempre, finalizamos en un bar cercano, dónde algunos dieron buena cuenta de raciones compartidas, mientras otros solamente nos hidratábamos. Ruta cómoda, agradable y cordial, muy recomendable y llevadera.

Con cariño,

Ágata Piernas

En Madrid a 15 de Junio de 2017.-

PICNIC, RISAS Y PERROS.-

 

PICNIC, RISAS Y PERROS.-

 

Si viviéramos en otra era en la que la tecnología no presidiera nuestras vidas con los smartphones y demás artefactos, probablemente habríamos tenido que recurrir a las señales de humo. En el campo y con escasa cobertura para llamar, no hubiera quedado otro remedio, dadas las circunstancias concurrentes.

Pero en la jornada de ayer, además de ayudarnos, nos confundieron. Haber quedado dos veces en lugares diferentes, hizo que el grupo se disgregara y la anfitriona tuviera que venir al rescate de los rezagados, que no fueron pocos, entre los que me incluyo.

Personalmente, pasé tres veces, y no es un decir, por el inicial punto de encuentro, sin    atisbar a nadie conocido y, guiada por indicaciones virtuales, acabé en un cerro demasiado alto en el que me pareció imposible que allí hubiera río. Y vuelta a bajar hasta la presa del Pontón de la Oliva, hasta que a la tercera vez, veo a Coral en lo alto de la presa, no haciendo señales de humo precisamente, sino agitando los brazos enérgicamente como si acabara de ver al mismisimo cantante, que apareciendo en el escenario para dar un concierto y al que quiere saludar y hacersele visible (dicho sea esto último con el permiso de su novio Curro).

El caso es que empezamos la velada con bastante retraso respecto a la hora inicial prevista. Lo que sucedió después compensó y nos hizo olvidar la inoportuna incomodidad de esta anécdota, consiguiendo que la jornada mereciese mucho la pena.

Y tras un breve trayecto, perfectamente delineado, alcanzamos el lugar en el que ya estaba todo dispuesto para el disfrute de  humanos y perros.

No faltaba detalle: mesa, platos, cubiertos, vasos, servilletas de papel monísimas, cubitos de hielo para mantener fríos los refrescos y cerveza, y hasta aperitivo. Todo perfecto.

El paraje era de ensueño; al fondo un cortado vertical en la roca, el río Lozoya, todavía riachuelo, sombra de abedules y hierba verde alta. Un enorme árbol nos sirvió de cobijo para un sol, que a las doce de la mañana ya comenzaba a hacer estragos. Tras aplicarnos nuestra proteción y una vez calados los gorros, empezaron los juegos.

Cubos de agua llenos para, mediante esponjas, trasvasar su contenido a cubos vacíos, situados al final de la fila de gente sentada en paralelo que competía por hacerlo más rápido. Muchas risas, sobre todo con el mal perder del otro equipo, que quiso repetir la prueba para demostrar su valía y buen hacer. Premios para todos al final y creo que merecidos, sobre todo porque sus destinatarios eran nuestros amigos peludos.El típico juego de la cuerda, esta vez con amenaza de caer al río si se tensaba demasiado y se pedía el equilibrio. Sólo nos mojamos hasta las rodillas, pero de nuevo ganadores. Otro premio, y chuches para los nuestros perretes que hicieron de espectadores.

Enseguida a comer. Deliciosa comida compuesta de empanadas de hojaldre y pan, y un quiche de queso, aptos para los mejores, hambrientos y exigentes paladares. El postre para mencionar también: deliciosa tarta San Marcos con nata y trufa, que hicieron gozar a los más golosos. Esta vez la anfitriona, no tuvo que esforzarse en la cocina, pero todo resultó igualmente sabroso.

Anécdotas perrunas contadas por algunos de los asistentes, en un improvisado anfiteatro a la ladera del monte, hicieron muy amena y llevadera la sobremesa sin siesta, para  después seguir con más juegos, esta vez en la modalidad de carreras de sacos con perro al lado y también demostraciones de obediencia, en la que todos aprobamos y para agradecerlo, unas camisetas ideales de Trips&dogs, que se    repartieron entre los participantes.

Desde la explanada, los canes nos observaban con atención e investigaban a su aire por doquier, hasta dar con el preciado trofeo: un enorme hueso, de no se qué animal

mamífero que se rifaron entre ellos. Hasta que la velada, tras haber reconfortado los espíritus de los asitentes, finalizó por acuerdo de la mayoría.

Con nuestros bártulos al hombro, regresamos hasta los coches, por un camino cómodo, que finalizaba en la concurrida presa.

Un pequeño tentempié, en el bar del soto, para iniciar la vuelta a casa con nuestros perretes agotados y todavía mojados.

Feliz jornada, vivida con compañerismo, cordialidad y algún abrazo, tántrico ¡eso si!,

y gran disfrute prerruno y humano entre muchas risas y ladridos.

 

 

Ágata Piernas

 

En Madrid, a 21 de Mayo de 2017.

 

 

PASAMOS POR QUIJORNA

 

PASAMOS POR QUIJORNA.-

 

Con unas predicciones inmejorables, sin atisbo de nubes, pero con restos de las pasadas lluvias a modo de charcos, que alguno de nuestros peludos aprovechó para refrescarse, iniciamos una nueva ruta de senderismo perruno.

El nuevo guía, que nos aportó tranquilidad a lo largo de todo el trayecto, conocimientos históricos y explicaciones del entorno para comprender mejor la naturaleza, nos adentramos en la cañada segoviana, que se inicia a las afueras del pueblo de Quijorna, en Madrid, para, a lo largo de una ruta circular, volver al mismo punto, no sin antes visitar antigüos hornos de cal, trincheras y refugios, todos ellos vestigios de un pasado histórico, que aunque ya enterrado, aún nos causa rubor a pesar de que nuestro presente no se explique sin él.

Nuestra insustituible anfitriona, algunos conocidos y gente nueva también, cada uno con su respectivo perrete.

Todo pensado para el disfrute de todos, casi, casi, se consiguió. Lo del casi, dicho sea sin afán de desmerecer a nadie, lo explico luego.

No faltó el típico descanso para reponer fuerzas a la sombra de una milenaria encina, que a modo de tendejón nos arropó con su copa a la hora del almuerzo, pero que, al menos en un principio, tuvimos que compartir con las incomodas moscas que la habitaban, quienes ante la presencia y el ruido humano y canino, huyeron dejándonos en exclusiva la gran sombra, para goce y disfrute de todos los presentes, que acomodados en piedras, que parecían puestas para la ocasión a modo de sillas, dieron buena cuenta de sus provisiones y bebidas. El campo y la ley del más fuerte en la naturaleza, es lo que tiene.

Las rodillas exigentes, y había varias, sufrieron lo justo. No tanto en las subidas, muy asequibles y que con la ayuda de los bastones, fueron pan comido, pero sí en las bajadas, en las que a pesar de los apoyos, se iba repitiendo mentalmente las vicisitudes de la batalla de Brunete, ocurrida en aquellos parajes y que el guía nos había relatada hacía poco, para evitar pensar en el desnivel.

Buena compañía en fin y buen rollo también al final de la ruta, al llegar a Quijorna, donde el grupo en su integridad se aposentó en la terraza del bar para, en su mayoría, tomar refrescos azucarados con los que combatir las agujetas, que al menos en el caso de la que relata, brillaron por su ausencia.

No faltó la presencia del alcalde, de nombre Florentino, que se nos unió en amena charla para saludarnos, decirnos que volviéramos y también presentarnos su producto estrella: los garbanzos de Quijorna que iniciaban su andadura en la dura batalla de la comercialización, pero que a juicio de muchos, la vencerían al igual que la de Brunete, por sus excelentes características y exquisito paladar.

Hasta aquí todo perfecto, incluso la despedida, que nos dejó con regustillo tristón a pesar de besos y abrazos, debido a la incertidumbre de cuando se producirían nuevos encuentros, sino fuera por…

Si no fuera porque a la llegada a los respectivos hogares, fueron apareciendo, uno a uno, en el chat de la excursión, aparte de las fotos del evento, el número de huéspedes extra que cada uno de nuestros perretes traía consigo. ¿Qué huéspedes? Pues las inoportunas garrapatas, de las que este año y en cualquiera de los parajes de campo que visitemos, estamos sobraos. Tres!, limpio!, dos! Los antiparasitarios, este año tendrán que ser los mejores y si pueden ser a módico precio, mejor que mejor.

¡ Es lo que, además, tiene el campo en primavera!

 

En Madrid, a 17 de Mayo de 2017.