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EL OLOR A ASTILLAS.-

Fue ayer tarde y sin esperarlo.

Se trataba de conseguir encender el fuego de la chimenea al atardecer, y tras el intento de recoger algunas ramas secas en el monte o en el rio sin éxito, al rebuscar en la leñera de la casa, aparecieron tablas con las que hacer astillas.

Renuncié a la posibilidad de hacerlo por mi misma, ya que había que usar un hacha y no soy hábil con ese instrumento. Pero a la tarde, con un hombre ya en casa, la situación cambió.

Sacó el hacha, puso un tocho de madera en el suelo, y con dedicación y paciencia, empezó a rajar las tablillas de arriba a bajo, introduciendo el hacha por la parte de arriba y golpeando contra el suelo para que se rajara hasta abajo. Luego con un golpe seco del pie, las astillas alargadas se conseguían acortar, para así, adaptarlas al hueco de la chimenea y hacer brasa que consiguiese encender troncos más gruesos.

El ruido, ese golpear de las tablas sobre el suelo. El chasquido de las tablas de madera seca al rajarse y quebrarse. Me despertó los sentidos y la memoria.

Un buen montón de astillas secas se hicieron en un momento. Y al recogerlas y colocarlas en un lugar accesible y resguardado, fuera de lluvias y humedades, sucedió.

Fue el olor. El olor de aquellas astillas recién hechas, que no era sólo a leña, a madera seca, sino a ese olor entre dulzón y áspero, lo que me invadió y trajo a la memoria de adulta a mi abuelo paterno, el único que conocí. El abuelo Pedro, en cuya compañía, de niña, pasaba en atardeceres tardoveraniegos largos ratos, mirándole hacer astillas en el patio de su casa. Y aquel olor, exactamente el mismo, inundaba mi memoria, para traerme a la cabeza su presencia, que hacía algunos días no recordaba.

Ágata Piernas

11/09/2020

Destacado

La mesa de las emociones.-

El título del próximo libro que iba a empezar a leer, resultó ser tan sugerente que toda su capacidad se empleó sola en imaginar su contenido.

Sin haber abierto todavía sus páginas, pudo intuir, que una vez lo hiciera, se vería embargada por la lectura.

Dejó no obstante, a pesar de la tentación que suponía sumergirse inmediatamente en sus páginas, volar su imaginación, excitada ya y presta a crear.

Lo primero que pensó, fue en aquel libro que hablaba de la erótica de la cocina, que le había prestado un amigo, más como insinuación que como materia a debatir y practicar y que presentaba recetas que, con los debidos ingredientes culinarios, pretendían conseguir ciertos fines entre las sábanas o sobre el sofá.

No entró al trapo en aquella ocasión. Pero ahora…, ahora sus instintos más profundos amenazaban con desbocarse, si pensaba en una cena íntima con él, en la que ambos participarían en la preparación. No el amigo. Él.

Pensó también en aquella película, preciosa y sutilmente excitante, en la que la hermana con menos posibilidades utilizaba su sabiduría en los fogones y la química de los alimentos y aliños, mezcla por que no decirlo, de brujería de aquellos lugares, para conseguir al hombre amado.

Tal vez todo tuviera su trasfondo de verdad, y el libro que espera al lado de la mesa situada justo enfrente del sofá, le aportaría el conocimiento suficiente, para conquistarle sólo con el paladar.

Una cena a ciegas, con los ojos tapados, para saborear las viandas, en pequeñas pero suficiente cantidades para crear un clima perfecto, que lleve sutilmente la sensual acción de comer, a desatar la imaginación al unisóno para conseguir una íntima armonía que dure, tal vez un fin de semana.

En esos pensamientos se encontraba, cuando la voz de su madre la estampó contra en presente. Le debió ver su cara con una sonrisa bobalicona y ojos brillantes de deseo, y actuó, preguntándole no se qué insignificante curiosidad, que aparte de distrela, la confundió.

Se empeñaba, parecía, en distraerla de su ocupación presente de escribir un relato y casi casi lo consigue.

La vista de ella, se dirigió al libro y decidió leerlo cuanto antes. Ese efecto le produjeron las preguntas curiosas de su madre. No vaya a ser que me pida leerlo antes y me prive de ese singular placer, mezcla ya de realidad e imaginación, en el que él estará en el trasfondo, pendiente siempre de ese like, whatsapp o llamada que en su cabeza, ya se había producido.

Ágata Piernas

24/08/2020

Su historia a través del pelo.-

Al inicio de su edad madura, todavía se miraba al espejo y se veía atractiva. Más atractiva incluso que a sus dieciocho años. Claro que en aquel momento la idea que tenía de si misma y de sus dones naturales era muy inconsciente y descuidada. Nada que ver con sus cincuenta y pico, donde la vida y su bagaje le habían dado ya muchas más pistas.

Si hubiera que confesar algo, confesaría que, a través de sus ojos, jamás se había visto como una mujer guapa, ni siquiera atractiva sino, más bien, una más del montón. Hoy no le quedaba otro remedio que ante si misma, y basándose en la imagen que le devolvía el espejo, entresacar las cualidades que objetivamente veía y valorarlas, para sí, y para hacerlas valer ante quién fuese.

Y su imagen captaba su atención al ser reflejada por el espejo, más que por sus encantos, ya conocidos, por el nuevo cambio que en su pelo, había empezado a tomar posiciones.

Siempre había tenido un buen pelo, objeto de admiración para algunas, y de comentarios para los ya innumerables peluqueros que aquí o allá, le habían peinado, cortado o teñido.

Las modas habían tenido que ver, pero también ( y sobre todo), la idea de no dañar más su cabello con amoniacos agresivos, secadores y planchas cada semana y también facturas elevadas, que ahora ya había decidido que no deseaba asumir.

Ir a la peluquería no le gustaba, le incomodaba profundamente estar sentada durante un largo rato, esperado que los productos hicieran efecto, y luego que la peluquera o peluquero, hicieran su trabajo. Incluso, aunque a la salida del local se viera más arreglada y guapa, no le compensaba. La sensación de agobio e inquietud, lo superaba.

Y fue aquel verano después del día de su santo-cumpleaños, cuando decidió no ir más a la peluquería a teñirse el pelo. Ya llevaba casi dos meses sin ir, y la verdad es que las raíces hacían acto de presencia, mostrando en su plenitud, y con pocas cortapisas y disimulos, sus cabellos blancos y canosos, que con el peinado adecuado, hacían, por novedosa y atrevida, atractiva su imagen ante el espejo. Esa era su novedad.

Al principio, fueron semanas de intensa vergüenza al mostrarse en público. El uso de pañuelos o cintas de pelo era habitual en ella. Prácticamente eludió el contacto social, por evitar mostrarse en público de aquella manera, que sería interpretada, sin duda, como falta de cuidado personal, por el contraste tan fuerte que suponía su color natural de pelo canoso actual y su pelo moreno, tal como había sido siempre, disimulando la evolución hacia blanco de su pelo a lo largo de los años.

Aguantaba, a pesar de que su carácter presumido, y ello le hacía tambalear los cimientos de su decisión. Ayer, sin ir más lejos, estuvo a punto de comprar tinte para arreglar esas canas. Una respuesta airada de su madre, a su solicitud de ayuda, le hicieron reafirmarse en su decisión. Y no se arrepintió. El resto del día se vió mona ante el espejo, a pesar que su peinado hacía muy evidentes sus raíces de casi tres centimétros.

Ya dudaba, si cortarse el pelo corto, corto, para que ya creciese según su nuevo color, o dejar crecer las raíces hasta poder hacer un corte de pelo algo más elaborado. Lo que le asustaba, el gran contraste que había entre los restos de su antiguo color artificial y el nuevo crecimiento canoso del cabello, y la sensación de falta de cuidado, que no de higiene, de su imagen, ya no sólo en familia, sino también socialmente.

Pero la decisión estaba tomada y había decidido ser consecuente. Le quedaba por delante un otoño-invierno casi de confinamiento, en el campo, donde usar gorros y boinas era, aparte de necesario y común, un buen motivo para ocultar su creciente cabellera blanca, evitando comentarios que no siempre le apetecía responder.

Estaba deseando que la primavera llegase y con ella un corte de pelo donde sanear su melena para así, completar el cambio.

Ágata Piernas

16/09/2020

AMARGO VENENO.- Veneno en el ambiente. En el aire, en la piel, en la boca. Como si de serpiente venenosa con lengua bífida se tratase, quiso escupir al suelo lo que su cabeza barruntaba, si, porque inocularlo con dientes como alfileres en el torrente sanguinéo de un ser odiado, no estaba a su alcance en este momento. ¡Maldito seas puto virus! A mi ni me has rozado, pero me has mantenido sola encerrada y acorralada, sirviéndote; manteniendo mi mente ocupada en tí, por ti, para ti. Inoculándome, no tu invisible condena, sino un miedo atroz a comportarme como un ser humano. Embruteciéndome. Dudando, sospechando hasta de mi propia sombra. Perdiendo talentos, tiempos de goce y sueños. Esclavizandome a una situación creada, con turbios fines, que acabarán con la cúpula de los gestores en los Tribunales. Y tu sigues ahí, cabrón. Paseándote sin pudor ante la multitud que se piensa, ingenua, que te has ido. Mutando. Arrinconando a la raza humana, que ya no sabe como comportarse ante ti. No me gusta el papel que me otorgas, que me has otorgado. No. Es tiempo ya de poner fin al servilismo, de pasar de directrices dadas por quienes ni siquiera tienen la decencia de predicar con el ejemplo. Coincide con el verano. Es necesario que la economía se reactive, ¿verdad? Con consumo interno, con turismo nacional, extranjero y lo que se tercie. Y mientras tanto los rebrotes, nuevos focos de tensión, miedo. Clausura de edificios enteros.De negocios. Y restricciones de libertades, nuevamente. Pero ahora la pauta es vivir sin miedo pero con precauciones. Más light. No estoy dispuesta a que me coartes más. Ya te conozco. No te quiero a mi lado. No te necesito. Correré el riesgo de vivir, sin miedo a morir.

                    Ágata Piernas
                    5/7/2020

La Estrella del Covid.-

LA ESTRELLA DE COVID.-
Contarán los supervivientes de la Pandemia Covid, que antes, durante y después del confinamiento, la protagonista, amén del número de contagios y muertos, que nunca llegaríamos a conocer con exactitud, fue ella. Ese triste pedazo de tela. Algunos lo negarán.
Tela u otros componentes más sofisticados que llegasen a justificar su precio en farmacia de 6,95€. Las mejores. Las más sencillas, eran más económicas pero claro, lo mismo no nos protegían lo suficiente.
De ahí derivó que las autoridades llegasen a ofrecer una gratuíta a todos los madrileños, la más eficiente, dijeron. Todavía resuenan las críticas de sus detractores.
Y así, poco a poco, se fue convirtiendo en un signo distintivo o estigmatizante.
Distintivo de lo que estás dispuesto a pagar por mantener a salvo tu salud, y estigmatizante porque si no lo pagas es porque lo has pasado, lo estás pasando o te importa un comino y sólo cumples el trámite, de cara a la galería.
Las hay también divertidas, y no sólo para los niños. Tela con estampados graciosos que animan, si no el rostro, la visión que los otros tienen de mi, con la boca y nariz tapadas. Estoy por comprarme una, aunque tenga que cambiar el filtro de carbono a diario. Aunque no me gusta tener la boca tapada, pero el caso es hacer más amena esta travesía.
Algunos, los más avispados, harán su Agosto. Los demás, hablaremos del tiempo.

                Ágata Piernas 

                21/6/2020

ABUELA

Sólo me acuerdo de ella. Busco en su sabiduría ancestral, referencias que me permitan ver luz en esta oscuridad. No las encuentro. Todo es nuevo, desconocido e incierto. Su batería de refranes ad hoc se suceden, pero el certero y definitivo no fluye de los recovecos de mi memoria.

Ahora toca enfrentar la situación con ojos nuevos, encajando con argumentos propios, cómo hago con estas circunstancias, Impredecibles hace tan poco, algo de andar por casa, a pesar de mantener a raya el COVID-19. Y ahora la confusión e incredulidad general dan paso a cifras desoladoras que confirman lo onírico y surrealista de esta experiencia, en la que el mundo sigue en pie, mientras la gente muere en el anonimato, y yo estoy en casa cómodamente .

Ahí queda su recuerdo y mi sonrisa, pensando que, como ella en su tiempo, la referencia la llevo puesta en mis genes.

Ágata Piernas

¡ AL AGUA PATOS!

Domingo de Julio y nos íbamos al río. La niña, con sus rizos morenos peinados en dos coletas, iba pertrechada para la ocasión: flotador turquesa grueso, redondo y con patitos impresos. Minifalda, que ponía en evidencia sus rollizos muslos, y su jersey de lana turquesa a pico, de ochos, espigas y botoncitos cuadrados transparentes.

No había hermanos, todavía, aunque la tripita de mamá había aumentado últimamente por cobijar a su nuevo hermanito, eso decía.

Su padre, como siempre, las hizo esperar. La niña miraba mientras, ilusionada y dicharachera a su madre, preguntando cuando se iban.

Montaron y pusieron rumbo al soto del río cercano, dónde con otros papis y niños, pasarían un domingo de baños, ensaladilla, tortilla y filetes empanados.

¡ Cuchipandi la del río!

Al atardecer, vuelta a casa con la marca del sol en la piel y alguna picadura de mosquito que, indeseada, seguiría haciendo pupa en los días sucesivos, de tanto rascar.

ÁGATA PIERNAS

11/3/2020

SUFRIMIENTO A LA INVERSA

Afectos convulsos,

De emociones rescatadas,

Me asaltan con frecuencia.

Muero, aunque siento.

Lloro, en la penumbra.

Siento, que pierdo.

Obsesión por el cambio,

Sin que buscarlo fuera,

Impida verlo dentro.

Sabiduría inútil que resbala.

Mirar hacia adentro,

Que duele y daña.

Sufrimiento a la inversa,

En mi interior.

Cual temporal,

Que anuncia desastres

Y cambios de fronteras,

Para empezar de nuevo a construir,

Esperanzada.

Ágata Piernas

23/02/2020

UN DÍA SIN MI.-

“Un día sin mi”

Me ausenté de mi,

me vacié,

para que se colasen dentro

falsos reclamos amorosos,

que tocan,

viejas heridas y sensibilidades,

que se reabren

bajo su influencia

predatoria e invasiva.

Su silueta,

Una canción,

que entró y me poseyó.

Un libro,

cuyo título me sedujo

y compré.

Una bebida,

que bajo el disfraz de cóctel vitamínico,

vino a alimentar mis dormidos sentidos,

en aquel lugar tal sensual.

Un elemento electrónico,

que a modo de moderno capricho,

llena mi afán por ir con los tiempos.

Un taller,

quizás esperanzado,

para llegar más allá,

comunicando.

La provocación del medio,

el marketing de los afectos,

me devolvió

mi vívido dolor dormido,

llevando mi alma

y mi valía,

al borde del abismo.

ÁGATA PIERNAS

15/07/2020